El internet de las cosas

Mi colchón sabe cuándo me quedo dormido y apaga todas las luces. El robot de cocina se ha compinchado con una app de mi reloj. Mi coche se buscará solito la vida para aparcar. El climatizador negocia las tarifas energéticas por mí (y es triste decir que me va mucho mejor)

¡Hum! ¡Qué bien he dormido! Las 7:18 de la mañana y me siento como nuevo. Nunca pensé que diría eso. Duermo genial desde que descubrí este colchón. Sabe cuándo me quedo dormido y aprovecha para apagar todas las luces, regular la temperatura, cerrar las ventanas, e incluso activar la alarma antirrobo.

Pero lo mejor viene a la hora de despertarse, porque calcula mi ciclo de sueño, se conecta con mi agenda, se informa de la congestión del tráfico hasta mi oficina y me despierta justo en el momento perfecto para sentirme descansado, pero también para que llegue puntual al trabajo.

Claro, que también ayudan mucho esas bombillas inteligentes que instalé hace unos meses. Se conectan con el sensor de luz y se ajustan gradualmente para que no sienta que se me están clavando en los ojos, o les dicen a las persianas que se levanten hasta el nivel perfecto. Siempre pensando en ahorrar. Y en el baño, ya no me quedo nunca sin papel, o sin gel en la ducha. Os parecerá una tontería, pero siempre tenía la sensación de comenzar el día con el pie cambiado.

La verdad es que a estas horas siempre me siento hambriento, así que me visto en un instante -ya mi armario había previsto esto-, y estoy loco por bajar a la cocina para ver qué desayuno me ha preparado el robot de cocina. A pesar de que se ha compinchado con una app de mi reloj que calcula las calorías que consumo para controlar y ajustar mi dieta, debo reconocer que siempre propone desayunos de lo más apetecible.

Salgo de casa y mi coche abre las puertas del garaje, cierra las de casa y, cuando estamos alejándonos, activa las alarmas. En ese momento, el sistema de climatización toma el control. Le encanta subir y bajar persianas para no tener que utilizar los climatizadores. Últimamente le he dejado que negocie las tarifas energéticas por mí, y es triste decir que me va mucho mejor. El pobre cacharro es como un perrito, siempre que llego a casa me ha preparado un informe de todo lo que ha hecho y, sobre todo, lo que hemos ahorrado. Pobrecito, la verdad es que confío tanto en él, que ya hace mucho que ni miro esos informes.

De camino al trabajo voy pensando en mis cosas, a sabiendas de que mi coche está al tanto de todo: sabe el tráfico que hay y se comunica constantemente con todos los vehículos que están cerca de él, avisándose de sus intenciones. Es cierto que desde que conocen la congestión del tráfico en la ruta y desde que lo utilizan para recalcular alternativas en caso de ser necesario, hemos ganado muchísimo tiempo y tranquilidad, pero lo que creo que más sensación de libertad me da es ver cómo se sincronizan con los semáforos para lograr que la mayor parte del tiempo no tengamos ni que detenernos. En cualquier caso, a pesar de que mi coche se buscará solito la vida para aparcar y recargar sus baterías, estoy pensando seriamente en pasarme al transporte público, y más ahora que te recogen en casa y te dejan en la puerta del trabajo cuando te viene bien, sin perder ni un segundo. Llamadme anticuado, pero es que no me acostumbro del todo a eso de que el coche conduzca solo.

Me encanta el ambiente de mi oficina, siempre que llego me saluda una agradable voz que parece conocerme, y encuentro mi oficina con la temperatura y la iluminación perfectas. Mientras me acomodo, mi asistente digital revisa mi agenda y me lee los correos importantes. Me encanta eso de que haya eliminado todo el spam y los que ha considerado superfluos. Lo hace mejor que yo, la verdad. Le dicto unas cuantas cosas y ya él, -o quizá ella, no sé, ¿ello?- ¡Vaya! Si no me conociera diría que le estoy cogiendo cariño a estas cosas…

A la hora del almuerzo me acerco al expendedor de comida. Siempre me sorprende cuando me saluda por mi nombre. ¡El otro día me preguntó por mis hijos! -Sí, y por el colesterol-. ¡Otro que se comunica con mi centro de salud virtual! Bueno, lo importante es que me prepara un menú riquísimo. Ya hace tiempo que tenemos confianza y ya ni recuerdo cómo se abona el importe. Sólo sé que, entre él, mi reloj y mi agente bancario digital lo resuelven de maravilla: ahora mi comida es mejor que nunca y pago menos cada mes. No sé cómo lo hacen, la verdad, algo del B2B y el blockchain, pero me gusta.

Uno de los mejores momentos del día es el del gimnasio. Mi asistente digital me lo recuerda siempre. He podido conciliar mi horario con el de mi pareja, bueno, lo hacen nuestros asistentes, y es genial poder pasar un rato divertido juntos, aunque sea haciendo de hámster sobre una cinta de correr, pero mejor todavía cuando nos organiza algún partido de pádel, la mayor parte de las veces con gente que ni conocemos.

Antes estaba obsesionado con el sistema de seguimiento y control de los niños. No podía evitar estar todo el día pendiente de dónde estaban y qué estaban haciendo mis hijos. Aunque reconozco que me he relajado bastante con eso. Ya sé que me avisará de cualquier cosa que se salga de lo normal y me he dado cuenta de que realmente, y por suerte, eso rara vez ocurre.

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